Horizontes azules rumbo a Baiona
Desde Vigo, el autobús serpenteó paralelo a destellos de ría, dejando ver bateas como notas musicales flotando. Un pescador jubilado recomendó caminar el paseo marítimo al atardecer y buscar un banco frente a las islas lejanas. Hicimos caso: el cielo se tiñó de cobre y el viento, limpio, trajo olor a sal. En el regreso, dormimos brevemente con la certeza de haber viajado ligero, dejando atrás solo pasos ordenados. Al despertar, una sonrisa compartida confirmó que a veces la sostenibilidad cabe en un suspiro compartido junto a la ventana.